París en Familia. Día 2

Era viernes 13.

Habíamos sobrevivido a la primera noche de 10 personas en un apartamento minúsculo, a pesar de las escaleras de caracol, de las habitaciones compartidas y una cama en el comedor, de una ducha que no funcionaba bien y una cama a la que se le caían los tablones…

Los patriarcas se habían levantado más temprano para traernos croissants recien hechos y dos horas más tarde nos disponíamos a salir de casa (no es fácil sobrevivir 10 personas con 2 baños).

Sara y Chema se fueron a arreglar algunos papeleos que Chema tenía pendientes de cuando vivía en París y los demás nos fuimos al Museo del Louvre. Ya en la entrada tuvimos la primera aventura: nos pusimos a hacernos una foto de grupo y un hombre le cogió el móvil a Manu para hacernos fotos “muy amablemente”. Después de lo quenos pareció una eternidad y más de 10 fotos sin parar de dar vueltas al móvil, nos lo devolvió al tiempo que nos pedía dinero y Manu lo mandaba a freír espárragos pero bien.

Me sorprendió la poca cola que había y lo rápido que entramos y una vez dentro, yo me separé del resto. Me llamó la atención la parte baja del Museo en el que ves cómo era el antiguo edificio del castillo  porque no recordaba haberlo visto la otra vez que estuve. Me perdí dentro del museo y me volvía a encontrar varias veces, disfruté, sobre todo ante la Victoria de Samotracia y las esculturas clásicas…. Pero, en general, el Louvre es un museo que me abruma y me agobia. Me parece grande en exceso y con demasiada variedad de estilos y épocas. Al final me recorrí prácticamente todo el edificio y me reuní con el resto para comer en la plaza, frente a la pirámide ya que, por sorpresa había salido el sol un rato.

Luego nos tomamos algunos un café y otros chocolate de merda, como lo bautizó Manolo, y fuimos paseando por la feria del Jardín de las Tullerías. Manu y yo subimos a una atracción de esas con túnel de espejos y toboganes imposibles y disfrutamos como niños pequeños. Al final, cuando llegamos al Obelisco, empezó la odisea de conseguir un transporte para llegar a Montmartre, tan solo nos costó 45 minutos de espera y tres coches, más un atasco de regalo.

¿Y qué decir de mi barrio favorito de París? Pues que me encantan sus calles empinadas, sus rincones mágicos, subir a la basílica del Sagrado Corazón (ver su espectacularidad, su construcción, sus pinturas y su órgano)… me encanta todo.

Paseando por sus calles tomamos algo en el pub Proibido (un lugar con mucho encanto)cenamos en un sitio pequeño pero  fantástico que se llama Le Potager  y la comida es espectacular, tuvimos una aventura en un baño público cuya puerta no se cerraba y mil cosas más que no recordaré.

Al final fue un día intenso, de mucho caminar y mucho disfrutar que acabó con una visita al Moulin Rouge y una carrera a casa porque empezaba a llover de nuevo.

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