La Dehesa de Soneja

Aún no nos lo creemos ni nosotros, pero llevamos dos semanas seguidas en las que nuestros horarios y el tiempo nos permiten salir al monte. Esta vez, ya que volvía a ser jueves, pero sin ser festivo, íbamos los dos solos. La última ruta que hicimos fue un paseo pausado con unas amigas, así que esta nos apetecía que fuera más activo.

Yo siempre había dicho que eso de correr por la montaña no lo veía, en realidad creo que es porque mi cuerpo no me lo permitía. Desde hace poco más de un año empecé a cuidarme más aún y a hacer más ejercicio, así que ahora hago cosas que jamás me hubiera imaginado. Es una sensación increíble notar que tu cuerpo hace todo lo que le pides sin quejarse.

La cuestión es que el principio de la ruta no tenía nada destacable que ver, así que decidimos acelerar el ritmo, en algunos momentos, incluso correr. Y, he de decir, que me encanta la sensación de ligereza en las bajadas (que tanto miedo me han dado siempre), el notar que empiezo a subir y no me ahogo ni me quedo atrás, la sensación de querer y poder.

Después de casi 6km de ir acelerados y liberando energía, de respirar aire puro y admirar el verde que nos rodeaba, llegamos a nuestro destino. En lo más alto de la ruta, te encuentras con la balsa de la Dehesa de Soneja, en medio del Paraje Natural Municipal del mismo nombre. Para conocer más sobre este lugar, lo mejor es que lo leáis aquí. Yo solo os puedo contar mi experiencia.

Lo primero que hicimos fue sentarnos a descansar bajo el alcornoque que hay junto a la balsa y disfrutar del lugar. Allí estás como en otro planeta. El viento no soplaba y por momentos solo oíamos el piar de los pájaros y los abejorros que revoloteaban a nuestro alrededor. Luego decidimos hacer el itinerario botánico porque aunque ya nos conocemos todas las plantas de la zona, nos siguen encantando: los distintos tipos de pino, los brezos, las carrascas, los madroños… Todos tiñen el paisaje con sus colores.

En nuestro paseo también vimos el Arenal, que gracias a las lluvias de este último mes estaba cubierto de agua y la antigua pedrera, en la que aún podemos ver restos de las piedras de molino que allí creaban y desde la que se puede admirar el paisaje de la sierra. Ah! Y me caí. Jajaja. En un momento que estaba quieta, la piedra bajo mi pie se movió y mi culo aterrizó sobre unas piedras y mi mano sobre una coscoja… Así soy yo, siempre por los suelos.

Después de visitar pausadamente todas estas maravillas, volvimos a nuestra marcha rápida hacia el merendero donde comimos en compañía de dos señores de la zona muy simpáticos y divertidos que andaban buscando setas.

Fue una escapada corta, pero intensa y me sirvió para devolverme un poco la vida.

¿Qué haces tú para recuperar energías para el día a día?

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